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Bonavena y Galíndez: drama y gloria

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Hace 44 años se suscitó uno de los días más conmovedores en la historia del boxeo argentino y de nuestro deporte propiamente dicho: en un burdel de Nevada fue asesinado Oscar “Ringo” Bonavena y en un ring de Johannesburgo se consumó el dramático triunfo de Víctor Emilio Galíndez ante el retador estadounidense Richie Kates.
Una verdadera historia de vidas paralelas, toda vez que el bonaerense Galíndez (originario de Vedia y criado en Morón) se había hecho boxeador impulsado por su idolatría a Bonavena y, de hecho, cuando en los vestuarios del Rand Stadium se enteró de la infausta noticia, rompió a llorar cual un niño.
“Yo he visto la noche del 22 de mayo de 1976, aquí, en Johannesburgo, cómo un campeón mundial, herido, casi ciego, maltrecho y furioso cambiaba el destino de su vida por la única e invencible razón de los hombres: LA FE”.
Así inició su crónica en la revista El Gráfico el periodista Ernesto Cherquis Bialo bajo el seudónimo de Robinson.
Galíndez había combatido doce rounds con el arco superficial derecho partido y con un copioso manar de sangre que hizo pensar en la detención del pleito y que convertiría la camisa del árbitro sudafricano Stan Christodoulou en una pieza de Museo del Salón de la Fama del Boxeo.
“La adrenalina era tanta, que no tenía intenciones de frenarla. Ese día, además, el médico era excelente y le había podido detener la sangre”, evocaría el juez sudafricano muchos años después.
Horas antes del zurdazo de Galíndez que derrumbó a Kates por toda la cuenta en el round 15, Bonavena había caído bajo las balas de William Ross Brymer, un matón a sueldo del mafioso Joe Conforte, en la puerta del Mustang Ranch de Reno, Nevada, en las primeras horas del día que tenía previsto regresar a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas Argentinas.

Disipado más temprano que tarde el anhelo de refundar su carrera en pos de una nueva oportunidad de disputar el campeonato del mundo de todos los pesos, involucrado con Sally Conforte, esposa de un zar del juego y la prostitución que le había hecho llegar mensajes de franco tono amenazante, Bonavena había subido a un ring por última vez el 22 de febrero con una victoria ante Billy Joiner en un cinematográfico escenario de mujeres semidesnudas y millonarios de habano en mano.
Nacido en Parque Patricios, apodado “Ringo” por analogía con el flequillo del baterista de Los Beatles (Ringo Starr) y “Titi” para su madre y sus hermanos, con Bonavena dejaba este mundo un pesado de primer nivel que durante una década había peleado de igual a igual con los mejores de su tiempo, entre varios Zora Folley, Leotis Martin, George Chuvalo, Karl Mildenberger, Ron Lyle y cuatro campeones del mundo: Joe Frazier, Jimmy Ellis, Joe Frazier y Muhammad Alí, ante quien generó un acontecimiento irrepetible en la historia de la televisión argentina: 79.1 de rating.
Corajudo, fuerte como un toro, desbalanceado (pies planos en una mole de más de 90 kilos), zurdo con guardia de diestro, Bonavena fue asimismo cantante de varieté (su desafinado “Pío-Pío”), showman, tuvo un programa por Canal 11, fue pionero del marketing y de los monólogos en clave de humor, empresario y personaje de la imperdible biografía del periodista Ezequiel Fernández Moores (“Díganme Ringo”) y de dos películas: “Love Ranch” y el documental “Soy Ringo”.
Grandote con alma de niño, hincha de Huracán que por el puro gusto de verlo jugar con la camiseta de sus devociones un buen día contrató a Daniel Willlington, villano originario que la noche de su triunfo ante Gregorio Peralta se metió en el bolsillo al exigente público porteño, Bonavena fue acribillado a los 33 años, 7 meses y 26 días: tenía un espléndido récord de 58 triunfos en 68 peleas y se las había visto con nada menos que 29 rivales estadounidenses.
Casi tan bonachón, con ribetes infantiles y guapo como su idolatrado, Galíndez murió el 26 de octubre de 1980, en el Autódromo de 25 de Mayo, atropellado por el Ford de Marcial Feijoo cuando caminaba de regreso a los boxes en lo que representaba su debut como copiloto de Antonio Lizeviche en una carrera de Turismo de Carretera.
“El Leopardo de Morón” estaba a seis días de su cumpleaños número 32 y con 55 peleas ganadas de 68 no había declinado su sueño de volver a ser campeón mundial de los medio pesados, una división históricamente dominada por norteamericanos en la que ostentaba el privilegio de haber sido el único que había reconquistado la corona.

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