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Carolina Sanín: “Escribir es, de muchas maneras, ubicarse”

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En “Somos luces abismales” la literatura es un territorio a habitar en el que el sentido se despliega y se condensa, lejos de las certezas, para generar nuevas preguntas por los universos que transitamos y que cobran distintas formas a lo largo de los ocho relatos que componen el reciente libro de la escritora y docente Carolina Sanín.
“Había publicado versiones de algunos de los relatos antes, en revistas. Luego retomé esas versiones y las expandí y las alteré mucho. En alguna ocasión uní un par de textos antiguos e hice uno nuevo. Me gusta la idea medieval de la obra inacabada y siempre alterable”, describe Sanín (Bogotá, 1973) en diálogo con Télam sobre el libro que fue publicado originalmente en 2018 en Colombia y llega a la Argentina de la mano de la editorial Blatt & Ríos.
Si en el primero de los relatos se afirma que “uno escribe para saber donde está”, a medida que avanza la lectura, subiendo montañas o explorando el páramo colombiano, Sanín traza un recorrido por lecturas y preguntas acerca de cómo el sentido circula, se detiene y nos nombra.
“Los animales nos hacemos visibles en el desamparo: somos luces abismales”, se lee en el relato “Un potro”, el segundo de los textos en los que la autora da lugar a la posibilidad de pensar en perderse para encontrar en la escritura un nuevo lugar que nos convoca a ser habitado.Télam: ¿Cómo es volverse a encontrar con estas historias pasado un tiempo?
Carolina Sanín: Volví a leer la edición anterior e hice algunos cambios. Por momentos me extrañaba lo que leía; había pasajes que no recordaba, y me parecía de repente ajena la atmósfera en la que el texto volvía a ponerme. Era como si me pusiera delante un espejo en el que el reflejo estuviera levemente desfasado, o tuviera una sombra. Al leerse uno quiere preguntarse si ha dicho la verdad, su verdad, aunque sabe que esa pregunta no significa nada. También me pasó algunas veces que leía una página que me gustaba mucho y me daba pudor que me gustara tanto, y no reconocía en mí a la persona que había podido escribir así. Entre la edición colombiana y la argentina publiqué otros dos libros en Colombia, de modo que al leer “Somos luces abismales” pude contrastar la escritura de ese momento con la más reciente y me di cuenta de los hilos que pasan a través de los tres libros y que hacen que los tres sean partes de una misma obra.Al leerse uno quiere preguntarse si ha dicho la verdad, su verdad, aunque sabe que esa pregunta no significa nada.” Carolina Sanin T: En “El sosiego” decís que uno escribe para saber donde está, para hacer un lugar y que “la libertad es disponerse a conocerla”. ¿Podemos decir que escribir siempre implica ese movimiento en el que uno se encuentra con un nuevo lugar?
CS: Sí, cada texto es un lugar y cada oración en un texto es un camino hacia ese lugar. La escritura es espacial; es una línea continua y larga -el camino y el horizonte-, pero también es un área, un territorio. Cada texto dispone y ordena elementos en un plano; a partir de ese orden plano, se organizan las otras dimensiones en la imaginación del lector. Escribir es, de muchas maneras, ubicarse: ubicar contenidos en el espacio interior, y establecer un punto de vista -o sucesivos puntos de vista- en el mundo, y así mostrarse en él como sujeto que se detiene a mirar, que toma y pierde posiciones, y que pasa y sigue.T: La muerte de una amiga es eje de uno de los relatos y lo construís desde la idea de tránsito: el de vida a la muerte. Y pensaba que la idea de tránsito está presente en la mayoría de los relatos porque la escritura parece ser la herramienta para dar cuenta de esos tránsitos: por territorios, recuerdos, evocaciones.
CS: El texto de “El pesebre” se enmarca en la víspera de la muerte de una amiga y en el posterior duelo por esa muerte, y cuenta a la vez un viaje físico de la narradora que es simultáneo a ese paso de la amiga entre la vida y la muerte. Trato de imaginar en ese texto no solo el tránsito, sino la posibilidad de una vida en la muerte, de un estar muerta. Es cierto que en los relatos están presentes esos movimientos simples de salir y entrar, de atravesar umbrales, de cambiar de estado. Quizás se deba a que los relatos examinan también el sentido y la sensación de los límites entre las formas de la realidad, entre las realidades posibles.T: En “Nombres y ríos” hay muchas referencias a la circulación del sentido en torno a los nombres y a cómo se designan pero también se resignifican…
CS: Sí, en ese relato me detengo a mirar mi nombre y mis apellidos, y a partir de allí hablo sobre mi abuelo materno, y lo evoco vivo y muerto y aparecido en sueños. Hablo de qué hay en un nombre, que es una pregunta que se hace Thoreau en un pasaje que cito, y entonces trato de construir una meditación en torno a la identidad y a la sucesión, a lo recibido y lo impuesto, a lo propio y lo artificial.T: Hay un registro poético que comparten los relatos. ¿Cómo ves ese registro en la literatura contemporánea?
CS: Cuando escribo tengo presente la aspiración del verso, que es quizá la de romper la línea que en la prosa es continua, y entonces liberar, digamos, la dirección del sentido. No doy prioridad a la anécdota (o el argumento, o la trama), sino a la lírica, y así quedan en el centro la composición de metáforas y la búsqueda de asociaciones. Supongo que mi lector no lee para saber qué va a pasar, sino para entender más sobre lo que se le va mostrando. Trato de mirar en qué objetos se fija mi atención y de ver cómo los recibe la imaginación y los transforma. Creo que eso conforma el registro poético de las piezas, en las que intercalo el discurrir de la prosa con la condensación de la poesía y entretejo la cita, la narración, el ensayo y la poesía lírica.

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