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Cómo narrar la enfermedad: la Feria, un espacio para hablar del dolor

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La escritura como una forma de tomar distancia y poder iluminar desde el humor y la poética las dolencias físicas y psicológicas se hizo presente en la Feria del Libro de Buenos Aires con Mercedes Güiraldes, autora de “Nada es como era”; la uruguaya Fernanda Trías, galardonada con el premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela “Mugre rosa”; y el peruano Oswaldo Estrada, premiado con el International Latino Book Awards por “Luces de emergencia” e “Incurables”, quienes expusieron sobre el sentido de sus obras en un intento de exorcizar, desde la palabra, dolencias, conflictos y hasta la muerte.

Los autores dialogaron en la mesa redonda “Cuerpos enfermos, cuerpos invadidos. De virus, dolencias y discapacidades” y en ese marco, Güiraldes, que en su obra narra el proceso de enfermedad y tratamiento de cáncer de mama, leyó un texto en el que destacó que la escritura apareció como “una posibilidad de salir del cuerpo” y poner fuera la enfermedad.

El relato es la prueba de vida, lo dice García Márquez en su relato ‘Vivir para contarla’ y con eso hace un guiño doble: es necesario contar la vida y para contarla hay que estar vivos, parece una obviedad pero no lo es: estar vivo, lúcido, entero es un prerrequisito indispensable de la escritura, su condición de posibilidad”, sostuvo. Por eso la posibilidad de relatar ocurre mucho después, porque “la escritura necesita distancia de la experiencia” y “todo relato por más fiel que quiera ser a la experiencia es ficción”, afirmó Güiraldes, editora de Planeta.

“Pará de currar con el cáncer, me dice una amiga. Su broma encierra una verdad: al contar la experiencia se pretende ponerla fuera de una, compartirlo, hacerlo saber, y si se la hace pública la exhortación de mi amiga tiene sentido. ¿Por qué yo sano, voy a querer leer sobre su enfermedad?. Si quiero ser leída tengo que esforzarme por ser legible, tengo que embellecer la experiencia, entonces un poco te estoy estafando, eso y no otra cosa, es ficción, una estafa consciente o consentida que intenta con mayor o menor fortuna embellecer la realidad”, definió.

En ese camino los autores recurren a “estratagemas diversas”, como “el humor, incluso el humor que negro que habilita a decir lo indecible”, consideró y recordó que “cuando en las primeras líneas de su libro ´El salto de papá´, Martín Sivak dice que antes de tirarse por la ventana, su padre se despidió de ‘la clase obrera argentina’, refiriéndose a un saludo que su padre -que era comunista- hizo a los obreros de un edificio vecino, que le gritaban que no se tirase, está haciendo humor”.

“Magistralmente nos mete en el relato del suicidio de su padre con una sonrisa y eso es lo que se llama ficción, que en el caso de Martín alcanza la categoría de arte. Hacer ficción es intentar embellecer, fabular, hacer legible el relato con las armas de que se dispone y con el único afán verdadero de salir de si, ser del mundo, saberse viva”, afirmó.

A su turno, Fernanda Trías, en cuya novela “Mugre rosa” los habitantes afectados por una peste quedan en carne viva, al sufrir el despellejamiento de la piel, debido a un viento tóxico, contó que esas imágenes formaron por mucho tiempo de pesadillas oníricas, a las que, en esta novela recurrió para dar cuenta de “la enfermedad del cuerpo propio que se expande al cuerpo social, a la naturaleza, infectándolo todo”.

En esta obra distópica, que la autora escribió antes de la aparición del coronavirus, la catástrofe ambiental viene desde el agua, afectando el Río de la Plata, al que considera “el centro afectivo y la identidad total de todos los uruguayos” con la finalidad de “introducir una situación disruptiva, e imaginar una Montevideo catastrófica: esa ciudad donde parece que no pasa nada, ni siquiera a nivel político”.

“Que la amenaza viniera desde el río, ese lugar de sociabilidad y encuentro, iba a afectar la cartografía y modificar la geografía del país que está volcado hacia la costa, con un campo vaciado, lo cual revertiría la geografía y la distribución social. Los privilegiados, que están siempre mirando al río, iban a tener que girar y mirar hacia adentro, como pensar la identidad nacional que nos constituye”.

Por streaming, Oswaldo Estrada, desde Estados Unidos, explicó que en su libro “Incurables” reunió relatos de 20 autores latinoamericanos que viven en Estados Unidos, en los que los inmigrantes aparecen metafóricamente como portadores de una enfermedad, debido a la ilegalidad en la que muchos viven, y “de la que habló Trump, en referencia a aquellos que venimos a quitarle el trabajo a los estadounidenses”.

Otro de los conceptos que buscó introducir es el de “la otredad, en referencia a cómo expresamos el exilio, la nostalgia desde el dolor”, explicó el autor quien también señaló que el término “Incurables” respondió a una irreverencia, “una especie de empoderamiento político, porque somos más de 60 millones los latinos que vivimos en Estados Unidos, con la idea de decir ‘aquí estamos y no nos vamos a ir’”.

La enfermedad lleva, en estos casos, a pensarse y asumirse como mortales, una realidad que muchas veces no se quiere asumir, según la moderadora Susana Rosano. “No solo la muerte barremos abajo de la cama, sino los cuerpos enfermos, por eso es importante llamarnos a narrar la enfermedad. Abrirse a contar en primera persona para poner sobre la mesa eso que, como sociedad, tratamos de no mirar”, sostuvo Trías, autora además de otras tres novelas.

“Yo he escrito sobre las enfermedades porque de chico he sido muy enfermo, he padecido de asma, y ese discurso de la enfermedad me ha perseguido porque las enfermedades en literatura siempre dicen algo que no queremos ver: en Lima escondían a la gente que era coja, porque representaban ese lado que no se quiere ver”, dijo Estrada al mencionar entre otras de sus dolencias el insomnio, y de las distintas formas de violencias que viven las mujeres en América Latina, como en Ciudad Juárez.

Güiraldes reivindicó el poder sanador de la literatura. “Es una compañía que encuentro siempre, y cuando no puedo leer porque no encuentro un libro estoy en problemas serios”, dijo, y también se refirió al fenómeno del extrañamiento que provoca la enfermedad que en el caso de ella se dio con la caída del cabello debido a la quimioterapia.

Por su Estrada abogó porque “el mundo sea un lugar más habitable” y señaló que “la literatura siempre nos muestra que el mundo está mal hecho y por eso tratamos de seguir escribiendo, como una manera de empoderarnos contra el mal”.

Rosano consultó a Trías por el papel de la familia, una institución bajo sospecha en sus novelas. “La salida posible -respondió la escritora uruguaya- está en los nuevos vínculos por fuera de las instituciones, en los lazos solidarios, con otras personas” y destacó “las conexiones humanas que a veces se dan con que son absolutos extraños”.

En este sentido, Güiraldes sostuvo que “nadie se salva solo” y narró la experiencia de contención que recibió de una mujer que acompañaba a su marido que recibía quimioterapia, en el momento que la escritora fue por primera vez a someterse a ese tratamiento llena de miedo e incertidumbre. “A partir de esa charla me vi desde afuera y pude pasar ese momento aterrador que significaba la primera vez que me ponían la vía para recibir quimioterapia”, contó.

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