1 / 2

Cosquín: aquí mujeres haciendo historia

destacada

Corría el siglo XVII, y según consta en los archivos de Córdoba, doña Mariana López poseía una guitarra “avaluada en seis pesos”; y María Castro, un discante que valía doce pesos. Como transcribe Ana Lucía Frega en su libro “Mujeres Músicas” (2011), el padre Guillermo Furlong reflexionaba: “Córdoba era harto bullanguera… como el caso de aquellas niñas que en 1686 lo pasaban guitarreando y cantando sin guardar el velo de doncellas y eso hasta altas horas de la noche, fuera de la compañía de sus madres, y en las fiestas que se hacen juegos, cohetes y bailes”.

Han pasado los siglos, y esas niñas, adolescentes, mujeres, se han multiplicado por miles, y siguen guitarreando, cantando, construyendo nuestro folclore, que por estos días tiene su mayor vidriera en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín. Aquí también han hecho, y siguen haciendo, una historia de consagraciones y revelaciones.

Los comienzos

En la primera edición del festival, en 1961, la voz de Hila Rufino, “la cuyanita”, cantora y compositora sanjuanina, se alzaba en la noche de cierre desde el escenario empotrado sobre la ruta nacional 38.

Unos años más tarde, cuando el festival ya estaba reconocido oficialmente por un decreto firmado por el presidente José María Guido, que establecía a Cosquín como la sede de la Semana Nacional del Folklore, a realizarse la última del mes de enero de cada año, la participación femenina se acrecentó, con artistas que ya estaban consagradas, y otras que encontrarían allí un primer reconocimiento por parte del público y el jurado.

Así, en la edición de 1964, en el escenario pudo verse a la ya consagrada Ramona Galarza, con una repercusión popular que en ningún festival anterior había alcanzado una voz femenina, según afirmaba la revista “Folklore”, en una nota sobre su participación titulada “La Primera Dama del festival”.

A Carmen Guzman, que actuó tres noches, dos de ellas en horarios centrales, con la enorme aceptación del publicó que cantaba los versos de su “Canción enamorada”; la ya incomparable Suma Paz, con su guitarra; la catamarqueña Margarita Palacios, muy querida por el público, quien actuó con su conjunto pero además fue jurado.

Con gran suceso se presentaron también aquel año Las Tres Marías del Paraná, uno de los primeros tríos femeninos de nuestro folklore, a quienes pudo vérselas, además de en el escenario principal, retratadas en los fogones aledaños, rodeando una parrilla en la que Ariel Ramirez oficiaba de parrillero para la foto.

El jurado otorgó el primer premio a la solista femenina Nélida Argentina Zenon, de la delegación de Corrientes, y comenzaría así el camino de esta gran cantante, autora, compositora, que grabó más de 20 discos, y tiene registradas como compositora más de 100 obras.

El conjunto vocal El Plumerillo, conformado por seis cantantes mujeres, de la delegación mendocina, recibió un premio “estímulo”;  y en tanto “revelación” fue elegida Jovita Diaz (como cancionista) y Luis Landriscina (como recitador cuentista), ambos de la delegación provincial de Chaco. Jovita recuerda, en una entrevista con Gicela Méndez Ribeiro, que Luis Landriscina hacía un par de años que le insistía para que fueran a probar suerte a Cosquín, con la certeza de que les iba a ir bien, pero que su papá no le permitía asistir hasta que cumpliera los 21 años. Unos meses antes de llegar a esa edad, estaba en aquel escenario que le cambiaría la vida para siempre.

Momentos inolvidables

El Festival Nacional de Folklore de Cosquín tendrá, en la década del 60, más momentos protagonizados por mujeres que quedarán grabados para siempre en la memoria colectiva.

Es en la última de la edición de 1965 cuando la Plaza Próspero Molina va a presenciar por primera vez el cantar de una artista tucumana, infinita.

Mercedes Sosa, que en aquel momento tenía dos discos grabados, y un rol muy relevante en el Movimiento del Nuevo Cancionero, no estaba incluida en la grilla del festival por razones políticas, pero pudo subir a ese escenario porque el gran Jorge Cafrune se jugó por ella, y la invitó a cantar. Sola con su caja, la voz de la tierra llegó hasta el cielo: “Canción del derrumbe indio” fue el tema con el que debutó en Cosquín, dejó al público totalmente fascinado, y también a los representantes de la industria musical que se hallaban allí, que de inmediato se interesaron por llevar esa voz a los estudios de grabación.

También en esta misma edición de 1965, el festival tuvo la fortuna de escuchar también a quien pronto iba a ser una de las grandes referentes de nuestro folklore: Marián Farías Gómez. En aquella ocasión, se presentó con Los Huanca Huá, conjunto al que se había sumado dos años antes, como primera voz, en reemplazo de Hernán Figueroa Reyes. Ya volveremos a ver a esta artista extraordinaria en otras ediciones, ovacionada apasionadamente por el público.

Al año siguiente, en 1966, debutaron en Cosquín Los hermanos Ábalos, y allí estaba su cantante Julia Elena Davalos: eran los comienzos de una enorme trayectoria que construirá la artista salteña a lo largo de las siguientes décadas.

En los años 70, el festival contó con la presencia de quien iba a convertirse en una de más relevantes de la historia del chamamé: en la edición de 1971, la misionera María Ofelia, ganó el primer premio como Solista Vocal.

Más tarde, en la edición de 1977, se consagraba allí Angela Irene, interpretando la zamba “Cruz de quebracho”. Pronto estaría grabando su primer álbum: “Ariel Ramírez presenta a Ángela Irene”

Los 80

Es en la década del 80, cuando Teresa Parodi gana su premio Consagración, en 1984, con el regreso de la democracia, y con canciones propias de profundo contenido social que veían la luz luego de la dictadura.

“Era otro Cosquín. Pasaban cosas de mucha emoción, ese fue el año del regreso de Mercedes Sosa, después de muchos años sin cantar en este escenario. Se podía ganar el Premio Consagración a fuerza de canciones y nada más, porque yo no tenía ninguna compañía grabadora, ni nada atrás, presionando. Tenía que hacer dos canciones y terminé haciendo nueve, por el fervor del público. Recuerdo que era un miércoles, y cuando bajé del escenario, la comisión me preguntó si me podía quedar hasta el sábado: si no aparecía otra sorpresa en esos días, el premio era mío. Como en ese entonces no había celular, ni fax, ni nada, tuve que volver desde Unquillo, para que me dieran la noticia: sí, había ganado el Premio Consagración”, reflexiona la cantante y compositora, en una entrevista con Karina Micheletto, para concluir sobre la importancia del premio en su carrera: “Me cambió completamente la vida”.

Dos años más tarde, Marián Farías Gómez estrena en el Festival Cosquín de La Canción, la chacarera  “La Salomecita” (un poema de su madre Pocha Barros y música de Cuti Carabajal) y obtiene una Mención Especial, “a exigencia expresa del público que desbordaba las plateas de la Plaza Próspero Molina, que no interrumpió el aplauso hasta que el jurado no asegurara tal premio”, se describe con justeza en la biografía de la artista elaborada por la Konex, que la distinguió en 1985 como  una de las 5 mejores cantantes de folklore de la década en Argentina.

Antes de que terminara esa década, otra artista enorme, Suna Rocha, se convertía en la consagración de Cosquín, en su edición de 1988, interpretando mitos y leyendas criollas. Ya había obtenido el premio Revelación en 1983, en aquella ocasión acompañada por Raúl Carnota, y treinta años más tarde, en 2013 ganaría el premio mayor del festival, el Camín de Oro.

Los 90

La década llegó con cambio de paradigma -el “folklore joven”- y fue testigo del surgimiento y consagración del “huracán” de Arequito. Soledad Pastorutti pasó de la peña oficial al escenario Atahualpa Yupanqui impulsada por su padrino artístico César Isella y por su pasión por el folklore, en el año 1996, cuando cantó tres chacareras revoleando su poncho y contagiando al público con un fervor imparable. Al año siguiente, volvió a arrasar con su voz y su carisma, y obtuvo el premio Consagración.

En el último año de la década, Roxana Carabajal se presentó en el Festival como solista, y, para el cierre, dentro del grupo de Peteco. La artista fue distinguida con el premio Consagración, compartido con Facundo Toro.

Siglo XXI

En lo que va del siglo XXI, de los 44 premios Consagración y Revelación otorgados a lo largo de estos veintidós años, ocho fueron para mujeres.

La primera en recibir uno fue la coplera Mariana Carrizo, galardonada con el Premio Consagración que, según ella misma le explicaba a la periodista Karina Micheletto en una entrevista para Página/12, “fue un antes y un después en mi carrera, pero creo que fue más importante para la cultura de la copla que para mí como artista. Yo quedé como una representante de esta cultura, sólo puse mi voz, pero lo importante de ese acontecimiento fue que la copla tuvo un reconocimiento muy importante, ganó espacio”.

Efectivamente, en 2004, cuando la joven salteña se subió al escenario de Cosquín provista solo de su caja y sus coplas pocos tenían idea de quién era y lo que inicialmente se había pautado como una breve presentación se transformaría en una larga actuación gracias a un público enfervorizado y su incansable pedido de bises.

Dos años antes de su consagración, Mariana Carrizo le contaba a la misma periodista que había descubierto la baguala después de escuchar un casete de Leda Valladares: “Me entró la curiosidad y empecé a recorrer los pueblitos de ahí cerca para ver si era cierto lo que ella contaba. Resultó que sí, pero yo lo percibía de diferente manera porque soy de los Valles Calchaquíes” (hasta los cinco años vivió con su abuela en Angastaco, un pueblito en medio de los Valles Calchaquíes). La curiosidad de Mariana la llevó por el camino de las coplas y sobre las razones de su elección, explicaba: “A mí me gusta la baguala porque en cuatro versos podés decir lo que dice una canción” y para dar un ejemplo cantaba: “Esta cajita que toco tiene boca y sabe hablar, sólo le faltan los ojos pa’acompañarme a llorar”. 

En 2005 sería el turno de la sanjuanina Claudia Pirán y la santafesina Mariel Ivana Trimaglio, quienes fueron reconocidas con los premios Consagración y Revelación, respectivamente. En 2008  Angeles Bracenas, la bonaerense de Chascomús se alzó con el premio Revelación. Al año siguiente, la salteña Mariana Crayón era distinguida con el premio Consagración. Tres años después, fue el turno de la joven platense Milena Salamanca, con el Premio Revelación 2012.

Tendrían que pasar otros cinco años hasta ver a otra mujer artista ser reconocida con el Premio Consagración: La Bruja Salguero. Esta riojana llevaba siete discos editados cuando en 2017 brindó su actuación consagratoria, brillando más que la octava en la noche de Cosquín. Esto decía en su cuenta oficial de Facebook luego de ser premiada:

“No cambiaría nada… Soñaría junto a mi padre, el Tino Salguero, entre su cielo de albañil y mi niñez, la universalidad de la música y la palabra. Me rebelaría una y otra vez a bailar y no cantar en el Polivalente de Arte. Me toparía doblemente con los grandes desafíos, dejaría que el dolor duela a mas no poder, explotaría en furia, reiría hasta acalambrarme entera y descubriría en esos instantes la complicidad, la fuerza y la libertad eterna al descalzar mis pies. Volvería a amar una y otra vez y agradecería a Dios y al universo por gestar este ser con defectos y virtudes. Hoy elijo seguir aprendiendo de los grandes maestros y soñando sin cielo. Elijo el mensaje contundente de escritores y compositores que ponen en alto valores prioritarios desde lo humano como parte de un todo. Elijo un país, un mundo sin prejuicios, que se exprese libremente, que crezca, que sueñe, que cuide, que RESPETE. Elijo seguir cantando la música de mi país más profundo, de aquel que no se ve.
Gracias, hoy vuelvo a empezar…”

“Cantar en ese escenario, con lo que representa el folclore en nuestro país, donde las expresiones sobre lo que puede o no puede o debe o no debe hacer un hombre o una mujer suelen ser tan rígidas, poder visualizar esta identidad no binaria por primera vez en un festival como Cosquín, yo lo señalo como un triunfo. Aunque en esta oportunidad no haya ganado el certamen, creo que hemos ganado todes como sociedad”, declaraba a la prensa Ferni de Gyldenfeldt, la primera cantante trans no binaria de folklore, tras haberse presentado en el Pre-Cosquín. Algo que ella misma consiguió a fuerza de INADI y la denuncia que planteaba su exclusión del escenario por no encajar en ninguna de las categorías del certamen. Finalmente, se creó la categoría “solista vocal” en reemplazo de las tradicionales “voz femenina” y “voz masculina”.

En ese mismo año, 2022, el Premio Revelación fue para la cantante tucumana Sofía Assis. “Cosquín es para mí como volver a mi casa, al iniciarnos con los espectáculos callejeros era nuestra primera vez en competencia, haber llegado a la final entre tantos artistas y sueños que se presentaron fue hermoso”, decía en una entrevista radial para la RZ Radio.

En la figura de la última mujer premiada hasta el momento se encarnan la esperanza y el deseo de nuevos reconocimientos para nuestras folcloristas, que por estos días se presentan en el escenario como Yamila Cafrune, Belén Herrera, Micaela Chauque, La Charo, Carolina Peleritti, Marí Fernanda Juarez, Milena Salamanca, La Bruja Salguero, Roxana Carabajal, Maggie Cullen, Alma Carpera, Marina González, Nacha Roldán, Ciudadanas: Laura Molinas y Magalí Juares; Lucía Ceresani, Flor Paz, la misma Sofía Assis, y Soledad Pastorutti.

Etiquetas: