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La historia de los refranes: “No hay mal que dure cien años”

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No hay mal que dure cien años

Hemos dicho varias veces que un refrán es una frase breve que se usa para poner un ejemplo, llamar a la reflexión, o dar una enseñanza sobre algo… ¿Verdad o no?…

Por lo general, este refrán tiene dos significados: uno explícito, que es lo que trasmite de manera literal; y un significado implícito, que es el indirecto que comunica el verdadero sentido de la sentencia…

¡Claro! Así como hay también usuarios literales y literarios de los refranes. A unos, se lo decís con una palmadita al hombro, por calmar con algo, y al toque se preguntan: ¿pero viviré hasta los cien? Otros, con o sin palmadita, asimilan lo implícito de una y se alivian al comprender que todas las cosas que nos ocurren en la vida, incluso aquellas malas que creemos que van a durar para siempre, tarde o temprano se terminan con el paso del tiempo…

¡Y sí! Entendido como tal, No hay mal que dure cien años es una perogrullada. Todo el sabe que nada dura eternamente, de modo que no hace falta que nadie le diga a uno que sus males terminarán algún día… La misma muerte, que muy probablemente acaecerá antes de pasar cien años, solucionará todos los problemas…

Refrán pasatista pero grandilocuente, conviene discriminar sus destinatarios; no es lo mismo usarlo para tranquilizar a un enfermo terminal que para dar aliento a alguien que ha sido despedido de su trabajo…

Igualmente se aprecia el de la esperanza que intenta trasmitir este dicho, al recordarnos, de paso, que todas las tenemos un límite de resistencia. Y no está demás, en tiempos tan hostiles como estos, el consejillo de no desmoralizarse ante las dificultades porque las desdichas pasarán y vendrán tiempos mejores…

En fin, que no por una mala situación, tendremos una mala vida, solamente son experiencias… ¡Todas! Quédense con esa moraleja. Y si quieren ponerle música al refrán, llamen al Charrito Negro que se los explica cantando…

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