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“Las epidemias constituyeron al Estado como gestor de políticas sanitarias”, remarca un historiador

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Un centro de aislamiento para pacentes infectados. El protagonismo del Estado en la gestión de la emergencia sanitaria a través de la promoción de medidas de distanciamiento social, la construcción de infraestructura hospitalaria, la instauración de cuarentenas en distintas jurisdicciones y operativos territoriales de desinfección es un eje con muchos puntos en común entre las epidemias de cólera y fiebre amarilla que afectaron Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX y la actual pandemia, señaló el historiador Maximiliano Fiquepron.
Doctorado en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento, donde se desempeña como docente, y autor del libro “Morir en las grandes pestes”, Maximiliano Fiquepron dijo a Télam que “las epidemias que afectaron Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XIX causaron la muerte de gran parte de la población, las escenas de familiares abandonando a enfermos y a difuntos, el caos social producido por la imposibilidad de dar asilo y alimento a gran parte de la población, dejaron una huella dolorosa que fue reflejada en los periódicos de la época y en algunas memorias posteriores”.
Y remarcó: “Más allá de la coyuntura, estas epidemias produjeron una consecuencia muy importante en el largo plazo, el surgimiento de una legislación sanitaria nacida al calor del combate de estas pestes, con la participación del estado gestionando estas crisis. Quizás sirva de ejemplo que el saldo de defunciones tan dramático de 1871 no volvió a repetirse en la ciudad”.
El investigador sostuvo que “el impacto inmediato fue enorme con alrededor de 13.000 fallecidos cuando el promedio anual de defunciones era de 5.000, esta mortalidad rompió escalas y previsiones, llevó al cierre del Cementerio del Sud, un cementerio ubicado en el sur de la ciudad, y debió inaugurarse la Chacarita para dar entierro a los fallecidos; otra postal de la magnitud de la crisis fue la creación de un asilo para la enorme cantidad de huérfanos que habían quedado luego de fallecer gran parte de su grupo familiar”.Fiquepron entiende que la fiebre amarilla, el cólera o el Covid-19 tienen algunas similitudes.”Son enfermedades que trastocan toda nuestra cotidianeidad, la sumergen en una dinámica totalmente ajena, y nos cubren de incertidumbre, ansiedad y temor por la propagación de la enfermedad, incluso por la muerte de algún familiar o la nuestra”, resaltó.
Fiquepron agregó que “en ese escenario tan incierto surgen, tanto antes como ahora, un abanico de discursos y prácticas recurrentes: la culpabilización por la imprevisión o falta de organización de las autoridades, los debates sobre los que creen que este episodio está siendo sobredimensionado, aquellos que no creen que la enfermedad exista, o, por el contrario, los que afirman que esto es un castigo divino, ambiental o moral”.Como similitud advirtió también la profunda transformación de la fisonomía de la ciudad.
“Las calles vacías, los espacios de sociabilidad reconfigurados, el fin de los tiempos que la dinámica social de una ciudad desaparecen y los que están vivos han señalado que la ciudad semidesierta da la sensación de abandono, con un tono sepulcral”, indicó.
El historiador recordó que “los descubrimientos de Louis Pasteur y Robert Koch estaban comenzando para mediados del siglo XIX, por lo que las enfermedades se entendían de otra manera; sí existía una noción muy pragmática que era la de evitar acercarse a enfermos o cadáveres, entonces lo que hoy conocemos como distanciamiento social también se producía en estos episodios epidémicos, aunque más por la propia dinámica que surgía de la altísima mortalidad del cólera y la fiebre amarilla”.
Otro elemento que surgió y se repite ahora ahora son las medidas de higiene urbana.
Por ejemplo, “la desinfección de calles y espacios públicos con mucha circulación como las estaciones de tren o las zonas de comercios; cordones sanitarios, una suerte de cuarentenas divididas por barrios, que buscaban evitar que los casos de un barrio o parroquia se extendieran a otras zonas de la ciudad”, añadió.
Fiquepron remarcó que “la fiebre amarilla produjo mucho dolor y algunos cambios como la apertura del cementerio de La Chacarita o un corpus de legislación que se consolidó, pero no creo que haya habido grandes cambios en torno a la sociabilidad o las costumbres de la época; las personas luego de 1871 conservaron en gran parte el mismo repertorio cultural y social que tenían antes de la epidemia, pero lo que cambió fue la forma en que se recordó y también el rol del Estado”.
“Para la actual pandemia creo que algo de eso puede ocurrir, veo las veredas pintadas con instrucciones para hacer las filas, los círculos en parques y centros de recreación al aire libre, la profusa cantidad de protocolos, pero no sé cuánto de eso va a quedar vigente una vez que esta pandemia finalice; lo que sin dudas van a quedar son los hospitales con más respiradores, los grandes avances en torno a los descubrimientos científicos de la enfermedad, la experiencia de las organizaciones barriales que han trabajado codo a codo con las autoridades estatales, la propia gestión de la crisis”, completó.

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