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Pasolini y Caravaggio, insumisos y combatidos por su orientación sexual

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La actriz y cantante Coni Marino cumple el papel de anfitriona en el encuentro entre el cineasta Pier Paolo Pasolini y el pintor renacentista Caravaggio, tal como lo cuenta “La cabeza de Goliat”, de Jorge Palant, que con dirección de Enrique Dacal se presenta los sábados a las 18 en Tadron Teatro, Niceto Vega y Armenia, en el barrio porteño de Palermo.

Como sucedió antes con “Réquiem”, el encuentro ficticio entre Milena Jesenská, el complicado amor del escritor Franz Kafka -muerta en un campo de concentración nazi pese a no ser judía- y el fotoperiodista sudafricano y suicida Kevin Carter, Palant extiende hilos de comunicación entre sus personajes, que dialogan sin haberse conocido y a través de los tiempos, porque responden a algún nudo simbólico que los amalgama.

Pasolini fue un importante creador del cine italiano a partir de los años 60 del siglo XX, asesinado por uno de los “ragazzi di vita” que solía frecuentar en la playa de Ostia, en la boca del Tíber y a poca distancia de Roma, y Michelangelo Merisi da Caravaggio fue un milanés que vivió solo 38 años (1571-1610), reconocido por sus descubrimientos sobre la luz sobre sus pinturas, preso intermitente y hombre afecto a las trifulcas en tabernas.

El primero es interpretado por Néstor Navarría -conocido sobre todo por su unipersonal “Bengala”, de Alfredo Megna- y el segundo por Marcelo Sánchez, quien participó entre otras de “Ernesto Suárez. 55 años sobre las tablas”, homenaje al teatrista mendocino, y un “Hamlet” con el grupo de Clown y Comicidad del Teatro de las Nobles Bestias, en la de Temperley.

A Pasolini lo caracterizaban su militancia política en la izquierda italiana y la contundencia de sus películas -“Mamma Roma” (1962), con Anna Magnani, “El evangelio según San Mateo” (1964), con el desconocido Enrique Irazoqui, y “Teorema” (1968), con Terence Stamp y Silvana Mangano-, entre 26 títulos -no todos estrenados comercialmente en la Argentina-, a los que se puede añadir “La ricota”, el segmento de “Ro.Go.Pa.G.” (1963), al que se hace mención en la obra y cuyo protagonista fue Orson Welles.

Pero también por sus contradicciones: creía en Dios como católico, adhería al marxismo y además era homosexual, una ensalada que enardecía y confundía a sus enemigos políticos, que solían amenazarlo solapadamente y quizá no hayan sido inocentes en ocasión de su asesinato, el 2 de noviembre de 1975, a manos de Pino Pelosi, un lumpen de 17 años que pasó con el auto del director varias veces sobre su cuerpo como para asegurarse de la eficacia de su acto.

El tiempo hace más difusa la figura del pintor -Palant subtitula su obra “Hombres del claroscuro”-, por la distancia en el tiempo, pero igual dibuja un personaje verosímil, que entre otras cosas se relaciona con Pasolini con el común origen humilde y el de ser inmigrantes en Roma. Se sabe que influyó a pintores posteriores, que tenía una importante actividad gremial entre los suyos, que frecuentaba cantinas y gustaba de los muchachos, al igual que el director británico Derek Jarman, quien destacó su espíritu iconoclasta en una película de 1996.

La excusa para juntarlos es una discusión entre ambos sobre el cuadro “La cabeza de Goliat” -nada que ver con el libro homónimo de Ezequiel Estrada-, en el que Caravaggio pone su propio rostro en lugar del gigante y que Pasolini no incluye como el pintor hubiera deseado en el episodio “La ricota”, y del que suele recibir un fragmento sin entender la razón.

El nexo entre ambos es Laura Betti (1927-2004), una actriz de origen teatral que era además amiga de Pasolini, su “segunda madre”, su mujer “no carnal” -como gustaba decir él- que actuó en varios de sus filmes y fue la sirvienta santificada de “Teorema”, la guardiana de sus archivos y su memoria y quien trabajó también a las órdenes de Federico Fellini, Roberto Rossellini, Mauro Bolognini y Bernardo Bertolucci (“Novecento”), entre otros directores.

La pluma de Palant, que además de “Réquiem” brilló con sus textos en “Madre sin pañuelo” o “Encuentro en Roma”, se muestra ávida en el aspecto humano de esos dos “subversivos” y el director Dacal sabe sacarle el jugo a una acción algo confusa, con “claroscuros”, pericia natural en un administrador de acciones que tuvo en sus manos “Reikiavik”, de Juan Mayorga, con los recordados Julián Howard y Julio Ordano, tan endiablada como el torneo ajedrecístico en que se inspiraba.

Néstor Navarría ofrece una intensa y concentrada interpretación de Pasolini, beneficiado por cierto parecido físico más una emisión que puede pasar del vozarrón al susurro, y cuya aparición con los bolsillos llenos de arena es un buen recurso dramático, en tanto Marcelo Sánchez otorga a su personaje un carácter juguetón, farsesco, casi infantil, que muestra el costado lúdico de un artista que trascendió por su antes que por su vida privada.

Por su parte, Coni Marino aporta la delicadeza de su voz y de su físico, canta algunas estrofas en italiano de algo que suena como canción de cuna y es la encargada del vínculo entre esos dos fantasmas que vivieron sus artes y sus vidas con intensidad, responsables ante sus pulsiones naturales, golpeados por sus adversarios y que quedaron en la historia, pese a todo. No se sabe si la verdadera Laura Betti fue tan dulce, tan contenedora, tan intensa.

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