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Peter Orner: “Tratar de entender la ficción es como tratar de entender la muerte”

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De visita en Buenos Aires Aires para participar de la Feria de editores (FED), el escritor estadounidense Peter Orner, autor de “¿Hay alguien ahí?” y otros cinco libros de ficción, reflexiona sobre la escritura como actividad catárquica, la lectura como medio de supervivencia y los límites, muchas veces borrosos, entre realidad y ficción: “Intento darle batalla al vacío con palabras, pero a veces también hay que honrar el silencio y callarse”, dice a Télam.

En un edificio antiguo y lúgubre de Recoleta, Orner repasa los de una biblioteca que hay en el living donde tiene lugar la entrevista. Son en español, pero igual le interesan. Vino por un mes a la Argentina para visitar la FED acompañado de su pequeño hijo de 8 años, a quien deja, con suavidad, mirando dibujitos animados. Aclara que habla poco español pero igual intenta, por todos los medios, hacerse entender bien. A lo largo de toda la charla, insiste en no querer dar respuestas cerradas y en cada argumento que desarrolla deja un margen de duda, abre el debate, busca el intercambio: libera la idea para que el otro la complete.

La operación es similar a lo que sucede en la lectura de su libro de ensayos breves, en donde Orner plantea un recorrido tan fragmentario como íntimo por esa zona de intersección entre vida y literatura. El autor canaliza la relación con su padre y bucea en la relación con su primera mujer antes del divorcio y lo hace a través de recuerdos, con una gran generosidad para con el lector, a quien le entrega cada anécdota vinculada a los autores y textos que marcaron esos momentos.

El narrador es autor de tres libros de relatos y dos novelas. Sus cuentos fueron publicados en Atlantic Monthly, The New Yorker, The New York Times, Granta, Paris Review y The best American Short Stories. De todos sus libros -varios premiados- en la Argentina solo se consigue actualmente “¿Hay alguien ahí?” (Chai), finalista del National Book Critics Circle Award.

Leer a Orner es una experiencia lúdica y también reflexiva, un viaje entre la risa, la angustia y la sorpresa. Con gran desparpajo y cero pose, despliega una prosa que tiene la capacidad de convertir un recuerdo suyo en uno del lector. El efecto de empatía abre su magia desde la primera página. La experiencia de Orner se vuelve propia y es imposible soltarlo.

– En un pasaje del libro decís que el oficio del escritor es destruir el vacío con palabras. ¿Cómo te sentís en ese y qué efectos tiene sobre vos mismo?
– Creo que pasamos mucho tiempo tratando de darle respuestas a esos vacíos, a algo que nosotros no entendemos. Intento, sí, darle batalla a esos vacíos con palabras, pero a veces también hay que honrar el silencio y callarse. Creo que no hacemos el silencio suficiente, y me incluyo.

– A diferencia de otros escritores, planteás que la literatura es una actividad no catárquica. Que es un trabajo, y que en todo caso el rol del lector como cómplice es ayudar a aliviar la carga del escritor. ¿Podrías profundizar en esta idea?
– Cuando digo que la escritura no es catártica no estoy seguro si estoy en lo correcto, y no estoy completamente seguro de que creo eso tampoco. Pero trato de no hacer ese tipo de actividad. Porque no quiero entregarle mis problemas al lector para sentirme mejor después. Aun así, hay algo en hablar con un extraño que alivia el dolor. Y eso me honra, también. Pero claro, es un trabajo, soy un escritor, y eso es lo que hago para vivir; no lo pienso tanto como un proceso de sanación de dolor. Estoy abierto al hecho de que pueda serlo, pero creo que la mayoría de las veces no funciona así. Si uno escribe para sanar como cuestión primaria, creo que es bastante aburrido. Y si uno escribe para conectar, para comunicar, ahí creo que vamos a algún lado.

– Pareciera que hay un libro o un autor para cada momento de tu vida. En situaciones trascendentales, como las escenas con M. antes del divorcio, y otras triviales, como la espera en un semáforo. ¿Cuán importante es para vos, como escritor y como persona, la lectura?
– Diría que leer es una parte activa de la vida. No es un rato libre, no es un recreo. Para mí, es la vida. Y por eso cada momento para mí es una oportunidad para leer, en el más amplio sentido. Estoy en un semáforo parado, sin hacer nada, y busco la mirada de la persona en el otro auto, veo lo que están haciendo. Es un momento de conexión extraña y es una forma de leer también, ¿no? Leernos entre las personas, además de leer libros. Y obvio, también tengo un libro para la espera del semáforo (risas). En definitiva todo puede ser una metáfora del acto de leer.

– En un texto decís que te impacta que un cuento sobre la vida de unos personajes inexistentes nos lleve de las narices a nuestros propios seres queridos. ¿Cómo pensás la relación entre ficción y realidad?
– Es una gran pregunta, ¿me la podrías contestar vos a mí? (risas). Posiblemente hay muchos personajes de la ficción que son muy importantes para vos, ¿no? ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo puede ser que me importe más Ismael, de “Moby Dick”, que una persona vecina de mi casa? No estoy diciendo que sea una cosa necesariamente buena, pero es increíble que pase eso. “The cricket in Times Square” es un libro de mi infancia que cuenta la historia de un que vive en el subte en Nueva York, es un libro hermoso. Y ese grillo es una vida para mí. Y así volvemos a lo que charlábamos de la alquimia, ¿cómo le damos vida a un personaje en una página? Pienso en Don Quijote, todo el mundo sabe quién es, ¿no? ¿Cuántas que conocen al personaje terminaron el libro? ¿O al menos lo empezaron? ¿Cómo escapan esos personajes del libro? Me resulta fascinante.

– Pareciera haber dos grandes temas que atraviesan las tres partes del libro: la soledad, como algo raro y difícil que queremos y no queremos. Y los recuerdos, en sus múltiples facetas y modos. ¿Qué rol y tiene la literatura para vos en estos tópicos?
– Cuando uno lee, recuerda. Cuando uno lee, retoma recuerdos propios. Leer es especial en este sentido. Y lo que hacemos cuando escribimos es crear recuerdos. Cuando escribimos creamos recuerdos que queremos conservar con nosotros. Generalmente soy bastante cínico, pero en esto no. Creo que leer nos ayuda a recordar y a crear recuerdos y eso está muy relacionado a la soledad, porque eso es una operación que se hace a solas. No sé si leo porque estoy solo, diría que leo para sostener esa soledad. Porque me gusta estar solo, lo disfruto. Puedo leer en un lugar público, en un café, rodeado de gente. Hoy estaba leyendo en un café en Buenos Aires y también estaba en Washington, donde transcurría la historia. Hay algo en eso de sostener la soledad.

– En un texto sugerís que hay que huir de quienes tienen certezas o monopolio de la sabiduría en la literatura, pero también en la política o en la vida. “Dame a quienes intentan entender qué les pasa”, decís. ¿Vos entendiste lo que te pasa? ¿O aun estás en esa búsqueda?
– Pasó mucho desde que publiqué este libro, en Estados Unidos salió en 2016. Igual no, no entiendo. Pero el sentido de certeza de las es hoy aún peor. Es más fuerte. Y eso es un gran peligro, me hace pensar de nuevo en esto de explicar la ficción. Creo que tenemos que ser más cuidadosos en esto de explicar las cosas, y ser más cuidadosos en general también. En pensar que entendemos. ¿Podemos explicar cómo se comportan las personas en mi país, por ejemplo? Veo presentadores o periodistas dando explicaciones de las cosas, y no estoy seguro de sentirme cómodo con eso.

– Hay otros dos temas que atraviesan todo el libro, que es el vínculo con M, tu ex mujer, y tu relación con tu padre. De fondo está lo que hay en prácticamente todo el arte: el amor, el desamor, la muerte, los padres. ¿Pensás estos como los grandes temas de la vida para la humanidad, y por ende, para la literatura?
– Sí. Estaba bastante incómodo escribiendo sobre mí mismo, sobre mis relaciones, y sólo lo hice porque después de escribir cinco libros de ficción, ya no podía inventar historias de otras personas. Era lo único que me quedaba (risas). Probablemente estaba escribiendo para hacer durar a una o dos personas. Mi mundo se achicó. Y tenía las historias que tenía, y tenía que escribirlas, hacer algo con ellas. En ese entonces vivía en San Francisco, estaba metido en un garaje lleno de libros, hacía frío, tenía una campera y unos guantes puestos. Y nada funcionaba, nada pasaba. La muerte de mi padre y el final de mi matrimonio parecían muy conectados con las lecturas de ese entonces. Y así vino la idea del libro.

– En varios textos hacés mención al carácter fluido de los cuentos, como algo que no es posible encorsetar. La ficción como un lugar en donde no hay certezas. ¿Cómo se podría profundizar esta idea?
– Muchas veces las que hablan de la ficción creen que pueden explicar cómo funciona. Y creo que para que la ficción sea real y verdadera tiene que haber algo de ella que no podamos explicar. La alquimia. Lucho contra las personas que explican cómo funciona. Hablo por ejemplo de un libro específico que se llama “How fiction works”, de James Wood. Es un buen libro. Pero es imposible: nadie puede decir cómo funciona la ficción. Quitarle la carga emocional a la historia y poder explicarla es el desafío. Aunque a veces intente: cuando algo es demasiado bueno… no puedo.

– ¿Le decís eso a tus estudiantes?
– Claro. No vengan a mí a tratar de entender la ficción, porque es como tratar de entender la muerte. ¿Cómo se puede explicar una historia que te hace sentir algo? Puedo explicar una herramienta literaria, si está en primera o en tercera persona, ese tipo de cosas. Hemingway decía que cuando las hablan entre ellas no están realmente hablando entre ellas y ese es el secreto del diálogo. No me digan que se puede explicar la ficción, porque sí, me enoja.

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