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Pompa, circunstancia, y papelones en el funeral del siglo

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El ya famoso “Operativo Puente de Londres” o protocolo específico que ha regido las celebraciones hasta ahora y marcará el tramo final de los funerales de la Reina Isabel II sigue dando que hablar de un modo seguramente inesperado para sus organizadores.

Revisado y aprobado por la propia monarca en vida, el guion a seguir en las exequias reales puso en escena un conjunto de situaciones notables que empujan riesgosamente la gravedad pretendida a los márgenes de un efecto paródico, tal como han retratado medios locales y extranjeros.

Acaso el episodio más reciente de las accidentadas celebraciones haya sido el inocultable abucheo al flamante Carlos III –registrado por cámaras en vivo– este viernes, al culminar su gira, en Gales, donde un nutrido grupo de manifestantes  lo insultaban mientras enarbolaban pancartas que pedían “Abolición de la monarquía”, “Ciudadano, no súbdito” y “Democracia ya”.

Las protestas llevaron, a su vez, a otros incidentes incómodos; fueron demasiados los manifestantes por expresarse contra el heredero al trono que cobraron visibilidad en estos días con frases paradigmáticas como “¡¿Quién lo ha elegido?!”
Es que muchos ciudadanos ven, en el deceso de Isabel II, la oportunidad para dar por terminados los beneficios y representatividad de la casa real en su conjunto, a la que consideran parasitaria e inútil. 

No ayuda a la continuidad de la tradición monárquica la castigada figura del ex príncipe de Gales –cuya popularidad, nunca demasiado alta, viene cayendo en picada desde su infidelidad para con lady Diana Spencer, mucho más querida que él entre sus compatriotas. Carlos empezó su ciclo con el pie izquierdo: “¡Oh, dios, lo odio! (…) No puedo soportar esa maldita cosa” blasfemó el flamante rey al luchar con una lapicera que perdía tinta cuando intentaba firmar el libro de honor según marca el protocolo de asunción.

Menos cómoda aun fue la presencia del hermano de Carlos, Andrés, quien fuera procesado en una estridente causa por pedofilia. Dicha situación no fue soslayada durante la procesión del féretro de la reina hacia la catedral de San Giles, donde un joven de 22 años lo increpó al grito de “¡Viejo enfermo! Antes de ser arrestado por la policía de Escocia, según informó la CNN.

Puede fallar

Pese a la proverbial precisión británica, la logística imperial ha mostrado fisuras en el desafío de coordinar el masivo sepelio real. No fue un éxito, por caso, la de la fila para que los súbditos den el último adiós a la difunta soberana.

Este viernes, llegar al Westminster Hall –donde permanecerá el féretro de Isabel II hasta el lunes– requería incorporarse a una cola de ocho kilómetros –unas veinticuatro horas de espera– donde más de un millón de aspirantes desbordaron la capacidad prevista, lo cual llevó a las autoridades a suspender el acceso, y reabrirlo este sábado.

La fila en cuestión fue fuente de detalles de color variados, empezando por la paleta cromática que mostraban las carpas montadas sobre el cemento donde los peregrinos pasaron la noche, hasta el desconcierto que causaron ciertas presencias famosas, como la del astro David Beckham, que se mantuvo estoico de pie durante más de doce horas para presentar sus respetos ante el féretro real.

La escasez de baños químicos y servicios de salud para contener a tamaña multitud fueron, entre otros datos, detalles que completaron un escenario caótico.

Se produjeron, también, episodios de tensión cuando más de un asistente intentó abrazar el féretro.Hubo incluso un hombre de unos cuarenta años de edad que se arrojó al ataúd de la reina, tras lo cual fue inmediatamente neutralizado por la guardia circundante.  

Marchas y contramarchas confundieron a los equipos logísticos de los más de 500 mandatarios e invitados VIP, involucrando al propio Joe Biden cuando el estadounidense se negó a participar de la comitiva oficial que lo reuniría con sus pares del mundo en el Royal Chelsea Hospital desde donde partirían distribuidos en vehículos dispuestos ad hoc por la hacia Westminster.

Ante la disyuntiva, finalmente se le permitió a Biden llegarse hasta la despedida final de los restos reales a bordo de “La bestia”, el famoso y cinematográfico auto blindado que el Pentágono dispone para sus presidentes.

Tampoco resultó sencillo conciliar la presencia del príncipe Harry y su esposa Meghan Markle. Es que el rojizo nieto real, como se sabe, renunció oportunamente a sus títulos sucesorios, en función de lo cual fue excluido de esa lista privilegiada de 500 personas, según informó el diario Telegraph.

Además de los presidentes y celebridades, los invitados a la fase final de las exequias son más de 2000. A fin de custodiar tamaña movilización, se dispuso el despliegue de 10.000 policías y 1.500 militares. Según el subcomisario adjunto Stuart Cundy, citado por la agencia de noticias AFP “Será el mayor evento que haya custodiado en su historia la Policía londinense”. 

La ceremonia del lunes será, según se estima, vista por más de 4000 millones de personas redes sociales y televisión mediante. Números que abruman y a la vez dan cuenta de la relevancia que han cobrado las incidencias no programadas por los organizadores.

La reina más popular heredada por el príncipe menos indicado. Un meticuloso “operativo” que irradia fallas de todo tipo. Una muerte que trae tanta genuflexión como irreverencia, cambios logísticos inesperados, desprolijidades y desmanejos que podrían consignarse como el “lado B” del majestuoso sepelio conjugan el accidentado trance imperial que pocos imaginaban.

Evocando aquella letra de Gustavo Ceratti: “Lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez”, digamos, desde una mirada piadosa, que en esta oportunidad el excéntrico poderío británico desnudó con su colección de detalles insólitos desembocando en algo casi más decadente que glamoroso.

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