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Ramón Plaza, entre recuerdos de familia y papeles inéditos

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Ramón Plaza.
Hace 30 años, un 9 de septiembre, en plena literaria, moría un notable escritor argentino, referente de aquella intensa generación literaria de los años ’60 y desde ese día y gracias al de Elisabeth Roig, de sus hijas, y sus amigos, no dejan de rescatarse libros de juventud, textos de exilio y también poemas, cuentos y novelas inéditas.
En la primavera de 1991, poco después de cumplir 54 años, Ramón Plaza le contaba a quien esto escribe, café de por medio, que había terminado de escribir, por contrato con la editorial Javier Vergara, un libro para niños titulado “Amapola”, inspirado en las vivencias de su propia hija Celeste, de seis años, que acostumbraba con una de sus hermanas a encerrarse en un armario y salir de allí convertida, gracias al vestuario, en algún personaje real o fantástico, para deleite de eventuales espectadores.Ramón, un autodidacta completo con una voracidad increíble de autores y lecturas, imaginó una historia semejante a aquella “Alicia a través del espejo” de Lewis Carroll y también una escena parecida a aquella del capítulo “El león, la bruja y el armario”, que integra las memorables “Crónicas de Narnia” publicadas a mediados del siglo XX por el británico .S. Lewis. Porque como ocurre a esta altura de la civilización y de la literatura, no hay libros que no remitan a otros libros. Y eso Ramón Plaza lo sabía.
Como una paradoja del destino, “Amapola” salió de la imprenta y fue a las librerías dos meses después de la muerte de Ramón, y con la dedicatoria qué él le había hecho a su hija Celeste, quien aún no estaba en condiciones de leerla y disfrutarla: “Para Celeste, que un día me enseñó que el de Amapola también era su mundo”.
Fogatas, de Ramón Plaza. Treinta años después de la partida del padre, Celeste Plaza Roig, con el nombre artístico de Celeste Amapola, vive y da clases de swing en Buenos Aires y en Mallorca, España, país donde actualmente reside. Atrás quedaron, de momento, sus estudios de Literatura en la universidad.
Entrevistada por Télam, Celeste recuerda aquella anécdota inicial que inspiró el libro: un gran placard donde ella solía esconderse con Ana, su hermana menor, para salir después disfrazada como un personaje de alguna historia. Un día repararon en una caja fuerte empotrada en el fondo del placard, y allí nació la curiosidad y el “espejo” que había que atravesar, de algún modo, para conocer otro mundo.
“Amapola va conociendo amigos, realidades diferentes, y llega hasta el Castillo de los Deseos –cuenta Celeste-, pero no voy a spoilear la historia. Es una bella historia para niños y grandes”.
Sobre si volverá Celeste Amapola de este viaje, la joven dice que “Amapola necesitó irse para poder volver. Es como Ulises”.
Junto a su madre Elisabeth y a sus hermanas, Celeste comenzó a reunir, siendo , la obra prolífica y diversa de Ramón Plaza. Ediciones olvidadas de sus poemas, cuentos y novelas, publicaciones en revistas y papeles inéditos.
“Pero finalmente es mi madre, que tiene en cáncer, la encargada de reunir y curar la obra que dejó Ramón, tal como aún está haciendo con la obra de mi abuelo (el filósofo, profesor y ensayista Arturo Andrés Roig, fallecido en 2012). Yo le dije: ‘a vos te toca eso, hacelo con felicidad’. Y lo hace”, explica.Elisabeth Roig, licenciada en Filosofía e investigadora con orientación antropológica, hizo, junto a las cinco hijas de Ramón Plaza, la primera recuperación de la obra poética del autor, que fue publicada en 2005 por Alción, en un volumen de más de 400 páginas que lleva también introducciones y prólogos a cargo de Cayetano Guzmán, del poeta Alberto Szpunberg (congénere literario de Plaza) y de ella misma, que cuidó al detalle la edición.Ramón Plaza Alcayaga, hijo de un inmigrante andaluz, panadero y anarquista, quedó huérfano de madre a los cinco años y desde allí fue sorteando adversidades, completando por tramos la primaria y comenzó a trabajar a los 12 años.
La variedad de oficios y ocupaciones desembocó en un trabajo como peón de vía, auxiliar de estaciones, cambista, telegrafista y finalmente administrativo del FCC San Martín, en la sede de Galerías Pacífico. Renunció al puesto durante el Onganiato, pero siempre mantuvo el hábito de sentarse en una butaca ferroviaria para escribir.
Ya para 1969, Plaza tenía en su haber poemarios y poemas publicados por la señera editorial Cuadernos del Alfarero (“Edad del tiempo”, 1958; “Libro de las fogatas”, 1963) o por revistas culturales, así como reseñas y críticas literarias en diarios del del país. Sin embargo, la revista político cultural –y grupo literario y taller- “Barrilete”, que contribuyó a fundar junto a Roberto Santoro, Daniel Barros, Marcos Silber, Horacio Salas y otros insoslayables integrantes de la generación del ’60, fue un punto de inflexión para su vida y para su obra.Muchos de los “Informes” publicados por la revista Barrilete, en 1963 y 1964, cuentan con textos de Ramón Plaza. Es justamente de esa poesía publicada en Barrilete, así como de la publicada durante los sesentas y a la vuelta del exilio en Ecuador, de lo que se ocupan Elisabeth Roig y las hijas de Plaza en este momento.
“Hemos preparado otro volumen semejante al del ‘Resumen’ –refiere Beti Roig a Télam-, con la poesía édita de los ’60 (mucha de la cual no se volvió a publicar) e inédita que faltaba reunir. Pero como los costos editoriales no permiten en este momento imprimir en papel, hemos decidido por lo pronto que se elabore una edición digital y que toda esta poesía de Ramón esté disponible para un público que merece conocerla”.
La última compilación de obra de Ramón Plaza, hecha para este 30 aniversario de su temprana muerte, incluye el largo poema “Composición tema la vaca”, publicado en la revista Utopías del Sur.
Ciertos temas inevitables de la agenda argentina eran abordados por Ramón desde perspectivas inesperadas. Por ejemplo, en el cuento inédito “Ladrillo sobre el acelerador”, el autor imagina una recta interminable que atraviesa la pampa y un viajero montado en un Citroen 2CV capaz de poner un ladrillo en el acelerador para descansar su pie derecho y derivar con el pensamiento hacia el “limbo” en el que permanecen los desaparecidos.
La última novela -también inédita- de Ramón Plaza, que fue finalista en un premio internacional de la editorial Tusquets, y con un jurados que incluía figuras de la talla de Almudena Grandes y Juan Marsé, se titula “Altos chillan los monos”. La trama (osada para la época y aún para el carácter del concurso La Sonrisa Vertical) habla de una patrulla perdida de las guerrillas sudamericanas, que se desplaza por un territorio que tiene la forma del cuerpo de una mujer.
Así escribía y así sorprendía a sus lectores este autor varias veces premiado, cuyo nombre realza hoy un concurso nacional y hasta es recordado en una sala del porteño Centro Cultural de la Cooperación (CCC).
Sin embargo, aunque el rescate completo de su obra parezca una tarea sin fin, es necesario que alguien de la vasta familia –que no es sólo de sangre, sino también social y cultural- lo realice, una y otra vez.

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